viernes, 24 de octubre de 2008

Noviembre 29 de 1913

La política tiene sus propias reglas en cada país y quien no las conoce o no está dispuesto a jugar con ellas, debe desistir de cualquier intento de desarrollarse dentro de ella para no lastimarse en forma innecesaria.

En México también existen reglas locales. Nadie puede aspirar al poder en este país si previamente no entendió el papel que juega la traición en cada momento de la vida nacional. En México el indio traiciona por pan y el citadino por una curul. Los políticos mexicanos traicionan el voto popular, instalados en un lastimoso servilismo, a cambio de una sonrisa del Presidente de Estados Unidos, fuente de emanación del verdadero poder en México y de muchos otros países latinoamericanos.

El poder político en México radica originalmente en el Jefe de la Casa Blanca. De modo que si este último no está de acuerdo con el planchado de las camisas de su colega mexicano, la nación entera lo padecerá. A modo de ejemplo: Woodrow Wilson no ha aceptado a Huerta. De hecho no lo aceptó nunca y por lo mismo se hunde como una canica de plomo en el agua. ¿Qué poderes políticos concurrirán en la persona de un presidente mexicano mientras el de Estado _unidos no le toque suavemente la cabeza con su varita mágica y se los conceda? Sin embargo, no sólo el presidente americano dota al mexicano de poderes políticos. También el embajador yanqui goza de facultades para ello a través de una participación política directa en los asuntos internos de México. Henry Lane Wilson simplemente decidió que Madero era un loco que debería ser recluido en un manicomio, y a partir de ese momento el pobre presidente cayó en desgracia hasta la consumación de su asesinato, a manos de un par de esbirros de la embajada. Lane Wilson, el mismo embajador yanqui, privó al presidente mexicano del poder, auspició su derrocamiento, fomentó y colaboró en el financiamiento del golpe de estado y toleró su cobarde asesinato.

La historia de la presidencia mexicana quedó manchada para siempre a partir de aquella noche de febrero de 1913, cuando Henry Lane Wilson tuvo el atrevimiento de presentar, orgulloso, al cuero diplomático a su nuevo presidente mexicano, en el propio domicilio de la embajada de Estados Unidos.

Extraído de: México Negro, Francisco Martín Moreno, página 290

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