El hombre de la perspicacia política en el maderismo fue Gustavo Madero, quien al término del mandato de su hermano, en 1916, se hubiera lanzado a conquistar la Presidencia de México por los siguientes seis años, a cuyo término seguramente habría buscado la manera de reelegirse o de proyectar al poder, para eternizarse en él, a otro miembro de su nutrida familia. Francisco hubiera acabado sus días en cualquiera de sus propiedades de Coahuila y Gustavo con el poder en la mano o con un tiro en la cabeza.
El hombre fuerte, el verdadero político conocedor del medio y de las fibras de sus compatriotas fue, sin lugar a dudas, Gustavo. Él no soñaba ni idealizaba ni confiaba en la palabra de quienes lo rodeaban. Sabía que los apetitos políticos sólo se satisfacían por medio del acaparamiento de poder y que para mantenerse en él, dentro de su medio, era necesario recurrir a la mentira, al soborno, al servilismo, y al asesinato, al secuestro y a la calumnia. De ahí que conociera también a los que vivían del medio público.
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