viernes, 24 de octubre de 2008

Diciembre 10 de 1913

Los norteamericanos han jugado desde 1847 con la intervención y la invasión armada. Los mexicanos tuvieron una experiencia traumática en esa ocasión al perder la mitad más rica de su territorio. No han convalecido todavía de esa profunda herida. Los norteamericanos, sabedores de esa situación y conocedores del temor que les inspira a sus vecinos la repetición de un acontecimiento tan lamentable como el que vivieron, explotan y lucran exitosamente con sus pánicos y temores.

La palabra invasión produce en México efectos realmente sorprendentes. Es la palabra prohibida, la palabra mágica para doblegar a sus gobernantes, preocupados y atemorizados siempre por la pérdida definitiva de su identidad nacional.

Porfirio Díaz prefirió retirarse ante la sola amenaza de una invasión de veinte mil hombres, por la frontera y puertos mexicanos.

Madero fue a su vez constantemente amenazado con una invasión por parte del propio Henry Lane Wilson, a base de telegramas, notas y ultimátums, hasta que logró que Madero, desesperado por la intervención americana, se echara a llorar como un crío indefenso.

Dos presidentes mexicanos, dos amenazas de invasión y dos derrocamientos en lo que va de este siglo. Díaz se fue sin que prácticamente se disparara un solo tiro. Vio a los cadetes norteamericanos nuevamente en Palacio Nacional, la sangre, el desprestigio y la vergüenza y prefirió renunciar. A Madero tuvieron que matarlo después de cientos de amanezas intervencionistas. Con Huerta continúan con el conocido procedimiento de intimidación. O’Shaughnessy ya habló de invasión, Lind también. Bryan ni hablar y Wilson lo ha repetido en todos los tonos. Sin embargo, no creo que la invasión se realice. Asustar con ella ha sido siempre suficiente…

Extraído de: México Negro, Francisco Martín Moreno, página 291 y 292

No hay comentarios.: